La declaración desalmada del subsecretario López-Gatell, que acusó a los niños con cáncer de participar en un golpe de Estado contra el presidente López Obrador, ha puesto de nuevo en primera fila la escandalosa desgracia de la escasez de medicamentos generada por el gobierno actual.


Cuando el presidente asumió funciones en 2018, uno de sus primeros blancos fueron las farmacéuticas. Las acusó de coludirse con funcionarios del pasado para robar del presupuesto. Su blanco favorito: Pisa. La ubicó como símbolo de esa corrupción.


Para ajusticiarla, le canceló los contratos. Cegados por la ideología y la sed de venganza, el presidente López Obrador, su secretario de Salud, Jorge Alcocer, y su entonces director de Cofepris, José Novelo Baeza, cerraron la planta de Pisa que hacía medicamentos para personas con cáncer. No preguntaron primero si alguien más los hacía, o si los podían conseguir en otro lado. Sencillamente la embistieron y Pisa dejó de producir. Cuando quisieron comprar los medicamentos en otro lado, descubrieron que adquirir medicinas a gran escala no es como ir al mostrador de la farmacia y pedirlas. Resulta que no había esas medicinas en México ni en el mundo. Demoraría meses conseguir los cargamentos. Su ineptitud empezaba a costar vidas.


¿Rectificaron, admitieron su error, ofrecieron disculpas? No. Ya sabe que este gobierno nunca se equivoca.
Para tratar de no quedar en ridículo, en plena Navidad de su primer año de gobierno, informaron que habían comprado medicinas para paliar la escasez. Los contratos se los quedó… ¡Pisa!


Pero no eran suficientes medicamentos, así que Novelo pidió extraoficialmente a Pisa que levantara los sellos que había puesto a su planta de producción de oncológicos. La farmacéutica lo mandó a volar. La relación gobierno-farmacéutica estaba rota: agredida, Pisa, una compañía trasnacional que no depende del presupuesto del gobierno mexicano, tomó distancia y literalmente atestiguó desde afuera cómo se iba hundiendo el presidente López Obrador en un desabasto creciente que generaba ya un enojo social.


AMLO dobló la apuesta: como las farmacéuticas son corruptas, acusó de nuevo sin presentar hasta ahora una sola prueba ni abrir un solo proceso, las medicinas las va a comprar la ONU. Así que Naciones Unidas inició un proceso que ha fracasado hasta ahora: más del 70% de las medicinas que ha comprado, se las ha comprado… ¡a Pisa!

Al final, las aguas están volviendo a su cauce original: el gobierno le compra medicinas a Pisa y se ha restablecido el diálogo entre la farmacéutica y la administración federal, al grado que en algunos productos han logrado entendimientos que han permitido, por ejemplo, conseguir analgésicos hasta 80% más baratos.


Sin embargo, la desconfianza está sembrada. Y la correlación de fuerzas ya cambió: ahora es un presidente en la segunda mitad de su mandato, ya enfilándose a la puerta de salida, y una trasnacional que ha visto pasar muchos mandatarios y que aguantó la presión cuando López Obrador estaba en la plenitud del poder.


Por los tiempos de esta industria, está claro que en los tres años que quedan no se va a arreglar el tema y quedará como uno de los grandes fracasos, con alcances criminales, del presidente López Obrador.

Al presidente todo le salió mal: quedó en ridículo al regresar a beber agua del mismo pozo y en el camino, desperdició tiempo y desató una escasez de medicamentos que costó vidas entre sus gobernados.